Si te pido que te calles,
que guardes un breve silencio,
que tus palabras se escondan
en un conventillo sin número,
tal como un fugitivo de la policía,
no es porque me desagrade tu voz
(por lo menos hoy no),
sino por el irreductible momento
de oir los gritos en columna
de oir los gritos en columna
de la última bandada de pájaros salvajes.

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